Su primer trabajo, su primer amor
Mi papá nos contó que cuando estaba chico, allá en cuidad Juárez, dejo de ir a la escuela porque de plano le aburría. Lo que si le gustaba era ir a jugar fútbol y cruzar la frontera tres veces a la semana para recorrer los almacenes de ropa y ver muchachas. Mi abuelo Rafael y mi abuelita Lupe ya no sabían qué hacer con él pues se la pasaba cantando y yéndose de pinta todos los días, así que decidieron que si no iba a estudiar, había que ponerlo a trabajar. Lo llevaron con el sastre de la esquina que, por cierto, era muy buen amigo de ellos y le preguntaron podría serle de alguna ayuda. El sastre convino en usarlo unas horas al día, pero solo que pagándole muy poco.
A mi papá le gusto la idea de ganar dinero y al poco tiempo ya había conseguido un nuevo trabajo en la compañía de luz. Su trabajo consistía en visitar a las diversas colonias de Juárez, hacer una inspección de la zona para encontrar los llamados “diablitos” y descubrir quienes se estaban robando la luz. Una vez que seguía el cable y hallaba el “diablito”, debía tocar a la puerta y entregar una notificación por escrito. Algunos dueños, tras leer la notificación, se enteraban de que él contaba con autoridad para retirar el “diablito” y de inmediato le ofrecían dinero con tal de que no cortara su cable de luz y le prometían regularizarse.
Una mañana, después de un viaje en camión hacia la escuela donde dejo a dos de sus hermanos, mi papá fue revisando la relación de colonias donde tendría que llevar a cabo sus inspecciones del día. Llevado por su espíritu de aventura, siguió caminando y llegó a un sitio donde empezaba a haber casas. Alzó la mirada hacia los cables y le pareció ver un “diablito”. Siguió la conexión que lo llevó a una casa de fachada elegante, con entrada doble. Abrió la reja, caminó hacia la puerta principal y tocó la puerta. Esperó un pocoy volvió a tocar pensando que esa gente de posición nunca se hallaba en casa. De repente se abrió la puerta y apareció una muchacha de más o menos unos dieciocho años con un rostro precioso, ojos expresivos y dulces. Observándolo le preguntó:
--- ¿Dígame?
Nervioso de ver tanta belleza, tomando aire dijo:
--- Vengo de la compañía de luz. Me pareció que usted tiene conectado un “diablito”, por lo que le voy a dejar esta notificación.
Ella vio la nota, le dio las gracias y él se disponía a cerrar cuando, como si una fuerza desconocida lo empujara, explicó:
--- Perdón, pero ya que abrió su puerta, debo corregir, usted no tiene “diablito” ¿Podría decirme su nombre?
Aunque estaba algo confundida, de repente sintió algo muy fuerte dentro de sí. Atraída por la mirada de esos ojos verdes que pedían extender un poco más este encuentro, respondió desconfiada:
--- ¿Mi nombre?
Él, queriéndose mostrar lo más profesional posible y pero fallando en el intento, dijo:
--- Por favor.
--- Magdalena… Martínez.
Ya encarrilado, sin dar marcha atrás, él extendió la mano para estrechar la de ella.
--- Germán Gómez Valdés a sus órdenes. Dígame ¿su familia siempre ha vivido en Juárez?
--- No --- repuso ella cordialmente --- somos de Torreón. Mi padre es restaurantero y estamos aquí desde hace tres años… Oiga ¿que cosa es un diablito?
Él no había quitado la vista de tan dulce rostro y cambiando su expresión de arrobo por una de seriedad explicó:
--- Es un tipo de conexión eléctrica ilegal. Pero es obvio que me equivoqué de casa. Gracias y discúlpeme Magdalena.
Ya para irse, tomo la notificación de manos de ella con lentitud y accidentalmente tocó su mano. Al darse cuenta, sonrió:
--- Perdón, se me pasó la mano.
Ella, regalándole otra sonrisa, expresó:
--- Me hubiera gustado tener un diablito.
En eso se oyó la voz de la madre:
--- ¿Quién está en la puerta?
--- ¡El inspector de electricidad, se está despidiendo! --- respondió Magdalena nerviosa.
--- Regresaré a conectarle uno --- dijo él emocionado por lo que ella acababa de decir --- Es usted muy hermosa, digo muy amable.
Magdalena sonrió tímidamente y cerró la puerta lentamente.
Mi papá nos terminó contando la historia de como de ahí surgió un romance que acabó en matrimonio del que nació Germán Francisco, mi medio hermano mayor a quien veíamos muy seguido junto con su mamá quien, por cierto llegó a hacerse muy amiga de mi mamá pues les gustaba verse para platicar y para tomar cerveza juntas.
¿Les gustó esta historia? ¡No olviden leer el Blog de la próxima semana!



1 Comment
Qué bella historia. Y el diálogo parece como si fuera de alguna de sus películas!!